Es digno de advertir, una vez más, que los discursos del Poder han sido hasta el momento muy sabios y eficientes. En relación a los sentidos del relato histórico dan una batalla fundamental. Básicamente busca borrar todos los registros y memorias de las luchas justas. Así nos quedamos, aparentemente, sin experiencias históricas desde donde accionar nuestra rabia actual y pensar colectivamente un mundo nuevo. Paralelamente aplican una estrategia no menos dañina: la de apropiarse de los discursos y practicas rebeldes y creativas, vaciarlos de su contenido molesto, imponiendo masivamente una versión “descafeinada” y/o aleccionadora de ellos, para finalmente venderlos como una mercancía mas.
Tal es el caso del legado del caudillo popular que recordamos hoy: Túcap Amaru II (serpiente resplandeciente). Pensemos simplemente que varias generaciones de hispanoamericanos hemos crecido sabiendo la forma romantizada en que se le dio muerte, descuartizando su cuerpo, y no las causas especificas que motivaron su lucha y la de miles de nativos americanos. Debido a la actualidad de sus reivindicaciones que sueñan hoy el sueño de los justos, conviene que solo recordemos, como ejemplo grafico de la muerte en manos del Poder, las consecuencias de enarbolar reclamos populares.
José Gabriel Condorcanqui, nació en marzo, muy probablemente el día 19 de 1738, aunque algunas fuentes aseguran que fue en 1740, en la provincia peruana de Tinta, actual Perú. Heredó los cacicazgos de Pampamarca, Tungasuca y Surimaná y una importante cantidad de mulas, que lo convirtieron en un cacique de buena posición dedicado al transporte de mercaderías.
Las reformas borbónicas, implementadas por Carlos III a fines del siglo XVIII, con su afán centralizador y recaudador, se tradujeron en aumento del trabajo y opresión de los indígenas. A su vez, la creación del Virreinato del Río de la Plata, en 1776, perjudicó seriamente al Virreinato del Perú. El cierre de los obrajes, la paralización de las minas y la crisis del algodón y el azúcar provocaron el incremento de la desocupación y la pérdida para miles de indígenas de sus míseros ingresos. Fue este el contexto en el que comenzó, inicialmente en términos pacíficos, su lucha. En 1780 Condorcanqui , tomó estratégicamente el nombre del último emperador de los Incas, Túpac Amaru, que había sido asesinado por el virrey Francisco de Toledo, y encabezó el movimiento social más importante de la historia colonial del continente. La adopción de este nombre pone de relieve, entre otras cuestiones, el contenido mesiánico de su praxis política. De esta forma buscaba restaurar el “mito incario” como forma de movilizar a quienes se sentían unidos ancestralmente a este legado.
Presentó una petición formal para que los “indios” fueran liberados del trabajo obligatorio en las minas. Pedía también el fin de los obrajes, verdaderos campos de concentración donde se obligaba a hombres y mujeres, ancianxs y niñxs a trabajar sin descanso. Denunciaba particularmente el sistema de repartimientos, antecedente del bochornoso pago en especie que subsiste aún hoy en algunos de nuestros campos. La Audiencia de Lima, compuesta mayoritariamente por encomenderos y mineros explotadores, ni siquiera se dignó a escuchar sus reclamos.
Túpac fue entendiendo, como la mayoría de lxs líderes populares que se enfrentan a gigantes enemigos, que debía tomar medidas más radicales y comenzó a preparar su Ejercito Libertador; en vistas a una insurrección generalizada en la región andina. La primera tarea fue el acopio de armas de fuego, vedadas a los indígenas. Pequeños grupos asaltaban depósitos y casas de mineros haciendo crecer el arsenal rebelde. Su bautismo fue secuestrar y ajusticiar al corregidor Arriaga. Unos 100.000 indios en una extensión de 1.500 kilómetros, de Salta al Cuzco, se dispusieron a seguir al rebelde. Por donde pasaba el ejército libertador se acababa la esclavitud, la mita y la explotación de los seres humanos.
La independencia propuesta por Túpac no era sólo un cambio político, implicaba modificar el esquema social vigente en la América española. Su movimiento produjo una profunda conmoción en el Perú, grandes transformaciones internas y amplias resonancias americanas.
Estaba claro que la rebelión, y así lo entendía su líder en varios de sus escritos, no podría triunfar sin el apoyo de criollos y mestizos; pero los propietarios nacidos en América no se diferenciaban demasiado de sus colegas europeos. Se imponía una vez más el peso de la materialidad histórica. Criollos y mestizos formaban parte de la estructura social, que basaba su riqueza en la explotación del trabajo indígena en las minas, haciendas y obrajes. La Iglesia, los criollos y los europeos cerraron filas para enfrentar el peligro.
Los virreyes de Lima y Buenos Aires lograron reunir un ejército de aproximadamente 17.000 hombres al mando del visitador general, José Antonio Areche, quien llevó adelante una feroz campaña terrorista de saqueo de pueblos y asesinato indiscriminado de todos sus habitantes, logrando que muchxs desertaran del ejército rebelde y facilitando el aislamiento y la derrota definitiva de los insurrectos. Su familia y lugartenientes más cercanos sufrieron la tortura y la muerte aleccionadora del poder colonial.